viernes, 15 de abril de 2011

LA NOCHE EN QUE SONARON LAS CAMPANAS

LA NOCHE EN QUE SONARON LAS CAMPANAS


HERMOSAS HISTORIAS PARA REFLEXIONAR


Es mejor, mucho mejor, tener sabiduría y conocimiento que oro y plata.
Proverbios 16:16

Una vez, hace muchos años, una magnifica iglesia se encontraba sobre una alta colina en una gran ciudad. Cuando la iluminaban para algún festival especial, se podía observar desde muchos kilómetros a la redonda. Y aun había algo más extraordinario sobre esta iglesia que su belleza: La leyenda extraña y maravillosa de sus campanas.

En la esquina de la iglesia había una gran torre gris; en la cima de la torre, al decir de la gente estaban las campanas más hermosas del mundo. Pero nadie las había escuchado sonar desde hacia muchos años. Ni siquiera en navidad, aunque era costumbre de que en nochebuena toda la gente llevara a la iglesia sus ofrendas para el Niño Dios. Incluso hubo ocasiones en que una ofrenda muy especial colocada sobre el altar provoco una música gloriosa de las campanas de la torre. Algunos decían que el viento las hacia replicar y otros que los Ángeles las tocaban balanceándose en ellas. Pero recientemente ninguna ofrenda había sido lo bastante importante para merecer la música de las campanas.

A pocos kilómetros de la ciudad, en una pequeña aldea, vivan un niño que se llamaba Pedro y su hermanito. Ellos sabían muy poco sobre las campanas de Navidad, pero habían escuchado que en nochebuena la iglesia se engalanaba, así que decidieron ir a ver la hermosa celebración.

La víspera de navidad hacia un frío tremendo; la blanca nieve cubría la tierra. Pedro y su hermanito salieron de su casa temprano en aquella tarde y, a pesar del frio, llegaron al límite de la ciudad al anochecer.

Estaban a punto de entrar a al ciudad por una de las grandes puertas, cuando Pedro vio un bulto oscuro sobre la nieve, a un lado del camino.

Era una pobre mujer, que había caído justo afuera de la ciudad demasiado enferma y cansada para llegar a donde podía encontrara refugio. Pedro trato de levantarla, pero ella apenas estaba consciente.

-No tiene caso, hermanito -dijo Pedro-. Tendrás que ir solo.
-¿Sin ti? –Lloro el hermanito.
Pedro asintió lentamente.
-Esta mujer se congelara hasta morir si nadie cuida de ella. Probablemente todos se han ido a la Iglesia , pero cuando regreses asegúrate de traer a alguien para que la ayude. Yo permaneceré aquí para tratar de que no se congele; quizás pueda darle de comer del pan que traigo en mi bolsa.
-¡Pero no puedo dejarte! –Lloraba su pequeño hermano.
-Ninguno de nosotros nos perderemos la celebración –dijo Pedro-. Tú deberás oír todo dos veces, una vez por ti y una vez por mí. Estoy seguro de que el Niño Dios sabe lo mucho que me gustaría adorarlo. Toma esta pieza de plata y cuando tengas oportunidad y nadie te vea, entrégala como mi ofrenda.

De esta forma apresuro a su hermanito hacia la ciudad, y parpadeo con fuerza para contener las lagrimas de desilusión.

La gran Iglesia brillaba esa noche con las luces que la iluminaban; nunca se había visto tal hermoso. Cuando el órgano sonó y miles de personas cantaron, las paredes se sacudieron con el sonido.

Al final, vino la procesión para colocar las ofrendas sobre el altar. Algunos llevaron joyas, otros pesadas canastas de oro. Un escritor famoso coloco un libro que había estado escribiendo durante años. Y Por ultimo paso el Rey del país, con le deseo, el mismo de todos los demás, de ganar para si mismo el sonido de las campanas de navidad.

Un gran murmullo se estrecho a través de la Iglesia mientras el Rey se quitaba la corona real, toda llena de piedras preciosas y la colocaba sobre el altar.
-¡De seguro ahora escucharemos las campanas!-Todos dijeron. Pero lo único que se escucho en la torre fue el rumor del viento frío.

La procesión termino y el coro comenzó el himno final. Repentinamente, el organista dejo de tocar. El canto se detuvo. Ni un sonido podía escucharse dentro den la Iglesia.

Mientras todas las personas aguzaban sus oídos para escuchar, llego suave, pero claramente, el sonido de las campanas de la torre. Lejana, pero se escucho la música mas dulce que jamás se hubiera producido.

Entonces todos se levantaron y miraron hacia el altar; ¿Qué gran regalo había despertado a las campanas por tanto tiempo silenciosas?

Todo lo que vieron fue la figura infantil del hermanito de Pedro, que se había deslizado suavemente por el pasillo cuando nadie lo miraba y había colocado la pequeña pieza de plata de Pedro sobre el altar.

Raymond McDonald Alden

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